Sobrepensamiento sin órganos. Presentación de Litio de Amapola Fuentes
Café Salvaje, Santiago de Chile, 11 de octubre de 2025
Pablo Inostroza Álvarez
El poemario Litio de Amapola Fuentes puede leerse desde un imaginario donde se cruza la enfermedad con la condición ciberorgánica. Esto es, la idea de que los seres humanos no somos autónomos ni autopoiéticos, sino más bien simpoiéticos, [cuerpos-con], ensambles entre cuerpos, ya no sólo orgánicos, sino que técnicos, químicos, protéticos, farmacológicos, etc. Las tecnologías nunca son neutrales, o, mejor dicho, sus usos son siempre políticos. Entiendo la hibridez de este libro en esa contaminación mutua entre lenguaje poético y tecnicismos médicos y filosóficos. Parafraseando a Redolés, diremos que, si hay viejos culiaos que no creen que en un poema se pueda decir “trastorno de identidad disociativa”, responderemos: “no importa oh”. Aquí nos la echamos al bolsillo perro, para destacar una dimensión micropolítica del libro.
Amapola escribe desde el cuerpo enfermo, desde su cuerpo enfermo; lo que la relaciona con, por ejemplo, la Teoría de la mujer enferma de Johanna Hedva, los Diarios del cáncer de Audre Lorde y algunos escritos de Leonor Silvestri como Games of Crohn… y Ética mutante del deseo disca… En todos estos textos, además de la valentía de quien expone su fragilidad y la hace pública, existe el común testimonio de cómo las enfermedades surgen y se gestionan en el entramado de las formas de dominación. Si la contraparte de la enfermedad, que es la salud y el bienestar, lo son siempre en función de la productividad; entonces se asume el cuerpo enfermo como una anomalía que es un lugar de resistencia, donde, aun en la cercanía con la muerte, asoma un asombroso vitalismo. Ese vitalismo nunca es libre de dolor, quizás antes bien pueda ser su pasión: el querer alejarse de él.
En el texto de Amapola, a partir de los primeros poemas, surge una voz que insiste en el padecimiento, es decir, en la condición pasiva o depositaria de lo sensible: “sólo el frío / el frío / el frío” (en poema Hipotermia), “estoy famélico / desnutrido” (en Podría mezclar agua con hambre), “mi cuerpo es un lugar en ruinas” (en el poema Containers). La insistencia en el páthos de la aflicción demuestra la profundidad con que las instituciones clínicas y biomédicas, pero también todo el sentido común de una sociedad neurotípica, gestionan el malestar, redirigiéndolo siempre hacia la experiencia individual. Entonces Amapola asume esta condición de “enferme crónico terminal” para compartirnos el vértigo de sus caídas, su caminar en espirales, los intentos por abandonar la culpa heredada del evangelismo. Y no obstante doliente, siempre abigarrada. En el primer poema, Puertas, la autora pregunta: “Y si vivo en el entre / ¿puedo decir que me encuentro acabado?”. Querer alejarse del dolor en muchos casos es buscar la muerte. Puesto que si, como dice Leo Silvestre, “la vida comienza con la enfermedad”, quizás haya que desanclarnos de estos binarismos polares entre vitalismo y nihilismo.
Hay en el poemario ciertas reiteraciones en cómo se expresa el dolor, particularmente la ceguera. La autora afirma la necesidad de perder la vista (“más que perder los ojos / hay que arrancárselos”, dice en el poema Ver). Y esta repetición de la extracción del órgano [disculpen nuestros 500 mutilados de la revuelta], esta búsqueda de dejar de ver, demuestra un rechazo hacia el oculocentrismo, [hacia la visión como sentido dominante], toda vez que aquello que se ve son siempre las pantallas. “La interfaz es la nueva forma identitaria” (escribe Amapola en el poema LED). Y esta totalización del mundo de lo virtual hacia las múltiples dimensiones de la vida cotidiana es el sueño en realización del aceleracionismo: nuestra subsunción total a la maquinaria algorítmica del capital. La pérdida del cuerpo sensible es el triunfo de la abstracción: Amapola sufre siendo “sólo mente”, en un momento epocal donde incluso ha surgido un nuevo verbo derivado de ese padecimiento específico: sobrepensar.
El fantasma que recorre el mundo es el automatismo subsumido al capital. El carácter de espectral [o haúntico dirá Fisher] tiene como materia a cuerpos padecientes, enfermos y medicalizados: “ausente[s] de vibración” (como dice la autora en su poema Espectralidad). Entonces quizás tengamos que pensar los dolores, la enfermedad, la falta, la carencia, desde otra perspectiva. Allí donde Amapola escribe: “qué ligereza tan insostenible / la ausencia de órganos” (en Sedimentación inversa), recordar, por ejemplo, cómo la extracción del litio [mineral devenido medicamento, por una parte; y materia prima para tecnomercancías, por otra abrumadoramente mayoritaria parte]; esta extracción, así como la de otros minerales y tierras raras, ha cercenado a América Latina, dividiéndola en los famosos ejes de infraestructura regional integrada (IIRSA), para “taladrarla como un queso gruyere” -palabras de un gobernador argentino-, hasta dejarla sin órganos. El reverso de la abstracción hipertecnologizada es un mundo literalmente devastado, poblado de cuerpos que, en el predominio de lo virtual, hemos ido atrofiando nuestras potencias de encuentro y de posible cuidado común.
Sin embargo, ante “el sabor a litio” (en el poema Un X de agosto), Amapola extraña “el sabor de las cerezas”. Esa humanidad, cuyo cuerpo ha sido tan embrutecido por el régimen contemporáneo de las pantallas, que olvidó incluso aquellas sensaciones que le producían placer, reaparece con mayor fuerza, porque no puede anestesiarse del todo. Porque sufrir también es sentir mucho. Desbordarse como Pablo de Rokha o junto a él. Porque los dolores son plenamente corporales: “me devoré una tormenta” y “me comí un abismo”, como Xu Luzhi (el poeta obrero que se suicidó en las líneas de producción de iPhones en China) se tragó “una luna de hierro”. Esta memoria del placer sensible, del sabor de las cerezas, que parece sacado de una película iraní, ilumina el valor de la vulnerabilidad.
La pregunta de Hedva: “¿cómo tirarle un ladrillo a un banco cuando no puedes levantarte de tu cama?” reaparece ante la sensación de impotencia, para des-individualizar la noción de enfermedad y relacionarla con las formas de dominación, de género, clase y racialización. El libro de Amapola nos abre a idear modos de “plantar resistencia a la noción de que unx debe estar legitimado por una institución para que luego intenten arreglarte según sus términos”, como dice la Teoría de la mujer enferma. Al entender la enfermedad más allá de la gestión biomédica, es decir de manera situada, historizada; al asumir que vivir es estar atravesado por las fuerzas que nos determinan, algunas de las cuales ni siquiera conocemos; entonces nos obligamos a repensar nuestras relaciones en común, frente a la vulnerabilidad del otrx, a partir del cuidado, y sin dejar de asumir la insoslayable tensión entre hospitalidad y hostilidad, propia del acto de abrirte a quien vive y siente en condiciones radicalmente diferentes de ti.
Reseña de LITIO: El pulso químico de la escritura
Café Salvaje, Santiago de Chile, 11 de octubre de 2025
por Belferith
El Litio es un elemento químico estabilizador y desestabilizador al mismo tiempo, cargado de energía:
Este poemario lo leí como si fuese un collage con un pulso eléctrico en cada página, moviéndose en estos dos polos: la capacidad de estabilizar y desestabilizar, de calmar y sacudir.
Refiriéndome a la forma, el texto es diverso. Pasa de versos breves, casi aforísticos, a una prosa poética que fluye con intensidad. Hay collage no sólo en lo visual, sino en la manera de montar las escenas, de yuxtaponer imágenes e ideas. Esa técnica produce una lectura quebrada, fragmentaria, como si uno navegara por un archivo personal que se abre y se cierra sin aviso.
Los versos cortos caen como fragmentos de un discurso quebrado, mientras la prosa poética ofrece un respiro que nunca llega del todo.
Las mayores reservas de litio en el mundo se encuentran en las fronteras (imaginarias):
Acá el libro transita entre las fronteras imaginarias de lo individual y lo colectivo, entre la vida y la muerte, entre la confesión y el manifiesto. No hay concesiones ni ornamentos. Lo que hay es un cuerpo que habla y se fragmenta, y en esa fragmentación arma su revolución.
La herida político-social aparece simbólicamente, incrustada en la propia gramática (Me refiero en específico al poema “cierre paréntesis, puntos seguidos”, al que luego se le sigue haciendo referencia en los diarios de muerte).
- El litio se encuentra en estado puro solo en condiciones extremas.
Y LITIO también nace de una condición extrema: el límite entre la conciencia y el derrumbe.
Lo que me lleva al siguiente punto, que es el contenido filosófico: Este poemario tiene un alto contenido filosófico (obviamente, por la formación académica de Amapola), pero no en tono académico ni distante, sino como un pensamiento encarnado en la herida. Una reflexión que se mezcla con la experiencia, con el dolor y la lucidez de quien escribe desde el borde. Hay una conciencia sensible de la condición humana y de la muerte, pero no la muerte romántica ni la muerte como metáfora fácil (que es muy fácil caer en eso). La muerte es materia de trabajo. “Yo no quiero esconder mi muerte / ni convertir en pornografía mi podredumbre. / Quiero hacer con ella una revolución fragmentaria / que escandalice a la vida misma.” Esa declaración atraviesa todo el libro como un manifiesto.
LITIO es, finalmente, un campo de tensión: un libro que oscila entre el equilibrio químico y la explosión emocional. Un poemario que busca trabajar la herida y hacer de ella un motor. Tal vez por eso el título termina siendo tan exacto. El litio estabiliza los cuerpos, pero también puede hacerlos estallar.







