Alrededor de las 17:17 del día 12 de abril, llegó a la puerta de SinFuturo un cuaderno escolar rojo. Junto a él, una edición de El Anticristo de Nietzsche de la editorial Centro Gráfico Limitada (2003).
Mientras escribo esto, siento la imperiosa necesidad de transparentar a los lectores (y me disculpo con mis compañeros por singularizarme a partir de acá) que dudé mucho de la pertinencia (y legalidad) de publicar esto. Duda enraizada en el miedo hacia esta persona, Basilón Marquéz, de quien ya hemos recibido anteriormente un correo electrónico con amenazas de muerte dirigidas al poeta vesicular J. Scotch; repasadísimo colega a quien ya hemos importunado lo suficiente.
Así viene titulado este cuaderno: “Bitácoras de Basilón Marquéz ESCOBAR” (segundo apellido en mayúsculas y con tinta recargada sobre el papel).
Comprenderé todas las burlas, escepticismos sobre la veracidad, y acusaciones de cobardía, que recibiré como un Cristo redentor de ser necesario [No se haga mi voluntad, sino la tuya (Lucas 22:42)]. Pero espero que al menos los lectores comprendan que tengo mis razones para esta acción tomada por cuenta propia —razón que se volverá clarísima en la última entrada de este cuaderno—. Cualquier consecuencia legal es absoluta responsabilidad mía y no de SinFuturo.
No sabría descifrar la relación entre el contenido del cuaderno con el libro del filósofo alemán. Quizás una broma que solo comprende el cerebro del remitente. Una broma sin víctimas; de verdad espero eso:
28 de julio de 2025
Anoche me echaron del trabajo. Esta mañana salí de mi capullo y procedí a hacer mis necesidades detrás de una iglesia (tal vez era la parroquia San Saturnino, la cual fue erigida por el arzobispo José Alejo Eyzaguirre el 25 de agosto de 1844, si no mal recuerdo).
Pisar las hojas restantes del otoño es satisfactorio, porque es como aplastar diminutos cadáveres étnicos, quizás masacrados dentro de un genocidio o producto de una extraña pandemia. Este placer solo es conocido por almas como la mía. Sangre vesicular. Me encontraba desentrañando estas y otras impresionantes reflexiones, cuando se me ocurrió tener una pequeña aventura.
29 de julio de 2025
Fue bastante complicado conseguir los pasajes para llegar a Penco esta mañana, pero se logró. Leí que en este pueblo de gaviotas muertas se realizaría el nuevo evento poético y, pese a que no tenía ninguna prueba, sabía que ahora sí que sí me encontraría con el maldito (no empleo ese adjetivo desde el rencor, que perdí completamente desde esa primera vez que lo intenté matar el 11 de enero; lo empleo en el sentido más literal y bíblico posible).
Supe de muy buena fuente que el evento realizado en Galería Gourmet —una cafetería cuyo interior parece sacado del sueño de un pintor loco a las orillas idílicas del Estero Penco— se iba a retrasar varios minutos en empezar. Así que, apenas me bajé de la micro desde Concepción, aproveché para pasear un rato por esa playa que bien podría ser la última que pise en mi vida.
Pero entonces ocurrió algo que tensó todos mis músculos, llenándome de una extraña mezcla de excitación y horror: lo ví. Su silueta se recortaba sobre el sol de la tarde, caminando sobre los rieles desahuciados de la antigua línea férrea, a tan solo unos metros de la costa. Dejé mi mochila en la arena, y escalé por la quebrada para perseguirlo.
Creí que bastaría con escuchar mis pasos sobre el metal, con que sintiera mi aura o leyera mis pensamientos, como reclaman algunos rumores que sospecho plantó él mismo; pero no. «¡Don Juan Scotch, hablemos!», grité. Nada. Su silueta era cada vez más lejana, como si en vez de caminar flotara. Como si en vez de Juan Scotch fuese el fantasma de la locomotora olvidada por Penco. Su sombrero fue lo último que vi antes de tropezarme.
Cuando desperté, me encontré un reloj y una vieja fotografía sobre un riel resquebrajado por el óxido. Era mi antepasado. Yo su descendencia. Sólido ESCOBAR, habrá justicia por tí y tus caballos.
Cuando llegué al café, el evento ya había acabado. Vi a esa turba de poetas famélicos fumando a las afueras. Pernocté bajo el puente.
1 de Septiembre de 2025
Tengo la sospecha de que Mítico Martínez fue un Hiperbóreo. Quizás Sólido Escobar también lo fue.
5 de Septiembre de 2025
Nada interesante. Hoy tomé el bus a Peumahue, mi pueblo natal en la Séptima Región[1].
Me rapé el cabello.
11 de Septiembre de 2025
[Ilegible en su mayor parte. Solo pude identificar las palabras “Allende”, “Hiperbóreo” y “Codec Lógic”: cada una se repite 42 veces en esta entrada].
18 de octubre de 2025
Para mi sorpresa, me enteré de que los famélicos organizaron un evento en Talca titulado «Solanáceas y el Lenguaje de la Suerte«, en una pequeña terraza-galería. Esa ciudad maldita solo me quedaba a una hora de distancia. Guardé el revólver en la mochila y tomé el bus.
Caos. Jornada maldita en la ciudad maldita. Supe que fue mala idea venir apenas me crucé con los ojos de los poetas invitados —la mayoría provenientes de Santiago; casi ninguno talquino—: todos estaban poseídos por un aura que solo puedo describir como demoniaca. Se movían como meteoritos o palomas decapitadas. Luego escuché los poemas de Gris Álvarez, Alvaka, Jesús Pérez Godoi, Zurco Salcín y Marco Godoy; ninguno exento de mensajes subliminales dirigidos con precisión quirúrgica al interior de mi cerebro. Fue suficiente, TENÍA QUE ESCAPAR. A la salida del Patio Rugendas, entre humaredas de sativa, crucé miradas con Belferith; era una calavera que temblaba con un cigarrillo en la boca, y en sus ojos reconocí la misma fiebre que yo llevaba años cultivando en sentido inverso.
Alrededor de las 1 a.m. llegué hasta el terminal de buses y pensé en pernoctar dentro del baño. Pero la pesadilla no terminaba. Sé que esto no fue una alucinación —me lo juro a mí mismo—: la camada me siguió hasta ahí, tambaleando, con ojos irritados. Se burlaban. Me puse de cuclillas dentro de un cubículo meado y grafiteado con ojos en forma de vulva. Afuera, uno de los demonios de SinFuturo rugía la sub-regla 15 como un toro en el matadero, entre sonidos guturales, tratando de disolver mis bordes.
Cerré los ojos y abracé mi revólver, esperando a que desaparecieran.
25 de febrero de 2026
La adultez es cuando se resquebraja el capullo del qué dirán. Por eso decidí que me voy a suicidar en el próximo micrófono abierto que organice SinFuturo o El Coloso.
27 de febrero de 2026
Nunca vi tanta gente en mi vida. Al principio, me sentí extasiado al entrar en esa antigua librería repleta de tesoros que solo un ojo de halcón como el mío puede reconocer. Si solo nos quedáramos con la fachada metálica de Libros de Ocasión, oculta en un rincón de la calle San Diego —sobre todo en esas horas del anochecer— , parecería un antro clandestino sacado de una realidad alterna en donde Chile jamás fue país sino el ghetto decadente de un imperio galáctico que reúne tanto la escoria como la resistencia del universo.
Pero al entrar, es un monumento petrificado en el tiempo; libros de historia española, exámenes de grado de universitarios ochenteros, diccionarios de sexología y simbolismo junguiano. Todas esa filas y columnas de documentos se abrían entre las humaredas de los asistentes. El escenario estaba compuesto de un micrófono y un parlante; a un costado, un pequeño escritorio sobre el que reposaban latas de cerveza, un tarro de nescafé empleado a modo de cenicero, y un notebook conectado al data. En la pared de enfrente se proyectaban videopoemas y cortos audiovisuales, complementando las presentaciones de cada artista.
Cada una de las declamaciones y performances me llenó de un entusiasmo que creí perdido para siempre —solo encontré aborrecible a uno, a quien no nombraré pero se lo haré saber a mi manera—. Con esta nueva valentía, pensé que este era mi momento para darme a conocer. Olvidé todos mis anteriores planes.
Sin embargo, las presentaciones pasaban una tras otra como una serie de diapositivas antiguas dentro de una parálisis de sueño: un cortometraje experimental, una performance en donde Trump y Epstein sacrifican a una guagua de juguete, una obra de teatro absurdista, una muestra de música experimental. Pronto, el entusiasmo se tiñó de tristeza, porque descubrí la realidad más dura que me ha tocado afrontar: me dí cuenta que no existo. Seguramente nadie recordará que estuve acá, con mi cabeza rapada, mis tres relojes, el revólver escondido en mi bota.
Mientras todos abandonaban la librería entre conversaciones y gestos de amistad, y los dueños procedían a bajar las cortinas, me quedé solo en el escenario. Nadie me detuvo porque nadie se volteó a verme. Frente a ese público invisible, declamé “Insecto Rojo” y “Tercera Guerra Mundial”, mis dos mejores poemas que condensan 42 subreglas en tan solo un verso autoconclusivo. Me aplaudí a mi mismo.
Sábado 11 de Abril de 2026
Pisar las primeras hojas de otoño es satisfactorio, porque es como aplastar caras de poetas masacrados dentro de una guerra civil. Este placer solo es conocido por almas vesiculares como la mía. Me encontraba desentrañando estas y otras impresionantes reflexiones mientras caminaba por el Paseo Ahumada, en dirección al bar La Grifería, donde se realizó el último evento poético de Revista El Coloso y SinFuturo. Esta parte de Santiago Centro parece un gran búnker de guerra.
Decidí no entrar al local. Me quedé fumando en la vereda, al otro lado del ventanal que daba al escenario, mirándolos como se mira un acuario de peces que no saben que son peces. Vi rostros nuevos. Algunos parecían tranquilos, casi satisfechos; otros cargaban los rescoldos de esa aura demoníaca que encontré en Talca. En ciertos instantes crucé miradas incómodas con algunos que esperaban su turno desde las mesas. De seguro pensaban que era un vagabundo —suposición no del todo equivocada—. La jornada cerró con una muestra de música experimental.
Pensé que después de todos estos meses tendría la suficiente valentía para darme a conocer. Que me bastaría con cruzar ese ventanal, plantarme frente al micrófono y leer en voz alta lo que llevo escrito desde julio del año pasado. Pero terminé de nuevo como un anticlimático espectador: mi cuerpo no obedece cuando se trata de ellos. Algo en mí sabe que el momento verdadero no ha llegado, o ya pasó, o nunca existió fuera de este cuaderno.
Mañana volveré a Peumahue. pero antes dejaré este cuaderno en unas manos que sepan el daño que me hicieron. Manos que espero se cubran de llagas negras por la escritura, o se quemen con el fuego de sus propios cigarros, o se vuelvan pasto de polillas mutadas por el aire tóxico que vendrá a Santiago en estos próximos días, los últimos días.
Si no publicas esto, mataré a tu gato.
Saludos cordiales.
[1] Tras investigar, no encontré ningún pueblo que se llame así en Chile.

