Revista Sinfuturo

“Un ojo para ver en la luz / Otro para entender la oscuridad”: Sobre el libro «la Cancerbera» Por Eduardo Farías Ascencio.


“Un ojo para ver en la luz / Otro para entender la oscuridad”: reseña crítica de La Cancerbera, de Igor Venegas de Luca

por Eduardo Farías Ascencio

La Cancerbera (Oso de Agua, 2023), de Igor Venegas de Luca, se une a una larga tradición nacional de poesía política sobre el golpe de Estado y dictadura, y agrega temáticamente el suicidio de las hermanas Quispe, el incendio del 2010 en la Cárcel de San Miguel y el Estallido Social de 2019.

Además, estos sucesos poetizados se entrecruzan con personajes de la mitología griega: desde el perro de tres cabezas que cuida la puerta de los infiernos y que da título a este libro (configurándose en este caso como una figura femenina), hasta Prometeo. Por una parte, esta complejidad poética no es evidente en la visualidad del libro, el collage de la cubierta no hace referencia explícita a los hechos, sino de manera simbólica. Por otra parte, la cubierta nos cuenta que estamos frente a un libro premiado: primer lugar en el VIII concurso literario del Cementerio Metropolitano, 2023. Y quisiera detenerme frente a esta estrategia; siempre me parecerá necesario cuestionar(nos) el dominio del capitalismo en el proceso editorial (más aún en el que nos consideramos como independientes). Por eso, preciso decir antes algunas ideas.

Primero, cuando se define el libro se lo piensa, comúnmente, desde la dualidad: objeto cultural/objeto económico, lo que se puede resumir de la siguiente manera: un contenido literario que se materializa en el formato de un libro para ser comercializado. Esta perspectiva pareciera ser evidente, pues estamos en un sistema económico de compra y venta de productos, el libro es uno más. Sin embargo, incluso en un sistema económico como el neoliberalismo, no todos los libros se producen para ser considerados como un objeto económico, para ser vendidos; por tanto, existen más lógicas a la edición como negocio, como rubro económico. Entonces, me cuestiono: ¿qué procesos editoriales son esenciales a la transformación de un manuscrito en un libro?, ¿qué procesos editoriales se han incluido en la edición como ejercicio empresarial, que no son necesarios en otros modelos editoriales y que no son, por tanto, inherentes a la transformación de un manuscrito en un libro?

Segundo, la información que se visualiza en un libro no proviene de la ingenuidad, porque hay una decisión editorial detrás y se busca un efecto: el más básico es entregarle la información del título y del autor que le permita identificar el libro. Alusión a premios en la cubierta o en fajas promocionales (y/o la cantidad de estrellas otorgadas por la revista literaria de turno y/o las afirmaciones de segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta edición) también se usan para provocar otro efecto: visibilizar galardones para vender, lo que sigue siendo una decisión editorial. Esta información se incluye para que influya en la compra de quien tome el libro, y funciona porque se usa el efecto Halo: sesgo cognitivo en el cual una impresión general positiva sobre un producto se basa en un solo rasgo e influye en la evaluación de sus otros atributos. Así, la alusión al premio influye positivamente en la impresión general que pueda tener del libro sin haberlo leído antes, porque es obvio que un libro premiado debe de ser muy bueno. La consecuencia es que el acercamiento de quien lea el libro está mediado por la información que se le ha dado de antemano, sobre la cual podrá estar de acuerdo o en desacuerdo. La comunicación literaria, entonces, se conduce y se reduce, y yo me pregunto: por una parte, ¿es necesario usar una estrategia capitalista de marketing en libros publicados por editoriales independientes?, ¿qué tan independiente es una editorial independiente de las prácticas editoriales capitalistas?, ¿todo vale en el negocio editorial o hay aspectos que dependen de la chapa editorial? Y, por otra parte, ¿quien tome el libro debería de comprar un libro porque ha sido premiado, porque va en su novena edición, porque le gustó a una revista cultural de turno o porque es un libro que le podría interesar por sus gustos de lectura?, y si en la lectura la persona encuentra que fue un premio mal adjudicado ¿quién miente si es que se miente: el jurado del premio, el libro, la editorial o la persona que duda?

Tras la lectura de La Cancerbera es difícil, por no decir imposible, pensar que fue un poemario mal premiado. Por el contrario, se merece el galardón, aunque me sea desagradable que mi lectura se reduzca en parte a la corroboración de la mirada de otras personas. Espero que lo que diga en los próximos párrafos sea el encuentro entre un libro y un lector. Como ya he dicho, La Cancerbera se inserta en una larga tradición nacional de poesía política sobre el golpe de Estado y dictadura desde una posición particular y propia: primero, no alude a la dictadura de manera explícita y directa a la manera de José Ángel Cuevas o de Bruno Vidal, sino de manera sinecdótica, pues tal como indica la sinécdoque, el autor toma una parte para referirse al todo para construir el primer capítulo del poemario La Cancerbera: la muerte suicida de las hermanas Quispe en diciembre de 1974: “Tras El golpe / Un golpe más fuerte / Su caída fue tres veces más fuerte que El golpe // Entendieron que la tierra seca levantaría polvo tras su caída / Pero no nos equivoquemos / A estas tres las llevaron a la muerte” (17) En estos versos se aprecia otra característica: la incomodidad poética que pueden provocar los versos y la mirada del hablante lírico, pues cuesta digerir que la caída de las hermanas fue más fuerte que El golpe, y agrego la muerte de Allende y el comienzo de detenciones, tortura y asesinato de compatriotas. Esa incomodidad poética aparece en otros capítulos y poemas, y me parece uno de los aciertos de la estética poética del libro.

Que el poemario parta con el suicidio de las hermanas Quispe está motivado internamente en el poemario, de hecho nos explica su título: “Golpe tras golpe tras golpe / Seco en la tierra / Gimió la piedra angular // Nació así la Cancerbera / Testigo de nuestra angustia / Pastora del rebaño de muertos que se avecina” (18). La Cancerbera, para el hablante lírico, es una figura molesta, la que irrita internamente en el poema: “Se dijo que no hubo intervención de terceros / Que fue suicidio / Pero soy yo el que decide no nombrarte / Porque esta es mi historia / Y tú para mí ni siquiera existes / Convengamos entonces que fue suicidio […] Simultáneamente las tres estaban asustadas / Te temían a ti que no te nombro / Solo por eso fue suicidio / Porque las amenazaste y vivían asustadas […] POR ESO AFIRMO QUE FUE SUICIDIO / Y QUE NO EXISTES / PORQUE NO TE NOMBRO” (20-21). Esta capacidad de referir el nombre también es una realidad que se vuelca hacia el hablante lírico, lo que configura una actitud metapoética: “Aún sin nombre soy testigo de esto” (28), “No tengo nombre y desperté abandonado en esta tierra / Soy testigo de que el amanecer de los muertos de Chile fue la Cancerbera” (30).

En el segundo capítulo, Prometeo le regala el fuego a la cárcel de San Miguel, se ahonda en esta actitud metapoética del hablante, en la búsqueda de su identidad: “Como en toda buena predicción tuve que convertirme en falso profeta / Travestir mi triple cuerpo en una sola y pitonisa existencia / Fundir la triada de mi letra en un fálico barrote mitológico // Quitarme el maquillaje para no ser reconocida […] Desprenderme de todo posible derecho humano” (37), “No sé si soy Prometeo, pero pretendo probarlo” (38). Así, en este verso se condensa la intertextualidad que se abre con el título y con la figura mítica de Prometeo. Esta actitud metapoética impacta en el subcapítulo, (Aparte) de Prometeo, de este capítulo, por su hondura y por la incomodidad poéticas que alcanza en ciertos pasajes: “El problema es que el relato está mal contado […] A nadie le importan los presos El fuego fue solo una excusa Un error más dentro de este ciclo trágico Un sacrificio humano Partiendo del hecho de que yo no debería estar contando esta historia […] La sobrepoblación de actores secundarios derrumbó la trama No hubo choque de fuerzas en pugna Y así el destino castigó erróneamente a quienes cumplían un rol anecdótico en esta escenificación de la desigualdad humana […] Nadie entró a escena Era demasiado tentador verlos morir El telón simplemente ardió” (45). El autor problematiza esta historia, la verbaliza desde otra perspectiva que puede resultar violenta para quien se sienta cercano emocionalmente a esta parte de la escenificación de la desigualdad humana, porque me pregunto, por ejemplo, si un familiar se podría sentir tranquilo cuando su familiar asesinado fuese tratado en un poema como un actor secundario que derrumbó la trama. Esta incomodidad que provoca el poemario me parece un acierto, pues nos obliga a leer contra nosotros mismos, a enfrentarnos, de alguna manera, con el texto poético.

En el tercer capítulo, La ciudad de los cíclopes, el hablante lírico fija su mirada en la experiencia del Estallido Social de 2019, enfocándose en los ojos, por lo que se vuelve a usar una perspectiva sinecdótica, la que a través de una parte construye el todo: “Un ojo para ver en la luz / Otro para entender la oscuridad / Un ojo premonitorio y otro concreto // Un ojo para entender los problemas del día / Otro para esconder la alegría de la noche / Un ojo trágico y otro cómico // Un ojo para vivir y otro para discernir / Un ojo para sentir y otro para disentir / Un ojo para ver y otro para oscurecer” (55) dice el primer poema de este capítulo. Esta perspectiva cada vez se vuelve más violenta e iluminada, paradójico si se piensa justamente en la pérdida de visión, en la presencia de la oscuridad total e ineludible: “Estallido ocular / Dejar de ver para que los otros vean // Vimos lo que no teníamos que ver / La condena por mirar en la dirección equivocada” (56), “Vaciar la mirada de los que leyeron con otra letra” (58). El hablante seduce nuestra mirada y la contextualiza en un ejercicio de desobediencia, de rebeldía, de no ser la grey del sistema político y económico, lo que sucedió no solo en Santiago, aunque el hablante así lo testifique: “Una ciudad con un relato oscurecido por su letra […] Santiago como un desierto florido de letras leídas por los muros” (59). Esta mirada sobre los ojos que ya no ven elude un punto de vista superficial o evidente en el tratamiento poético de esta historia contemporánea en la escenificación de la desigualdad humana.

Para terminar, todo lo que no he dicho y que quisiera indicar, y todo lo que no podría expresar sobre La Cancerbera, sobre sus diversas intertextualidades, sobre la ausencia de puntuación y el arcaísmo textual de sus versos, sobre cómo esta escenificación de la desigualdad humana es también personal para el autor, oiga, descúbralo, usted. Y si le es indiferente estas tragedias de la desigualdad humana, está bien: hay personas de bien que piden la pena de muerte para quienes osan levantar la mirada y observar la dirección contraria en la historia de la patria.

 

 

 

 


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